Ni "botifler", ni mártir.
Carles Puigdemont tuvo el viernes en su mano el convocar elecciones o declarar la independencia. Prefirió inmolarse y no se atrevió a convocar las elecciones, hubiera sido un «botifler» (traidor en catalán) pero quizás hubiera sido la solución para que el gobierno no hubiera aplicado el 155. Prefirió seguir con su hoja de ruta y declarar la independencia. Nadie se cree esta independencia, ni nadie se cree que pueda convivir la República Catalana y el 155. La resistencia al 155, es perder el tiempo, el victimismo no servirá para nada. Catalunya ha perdido, ha retrocedido a 1977. Solo nos falta salir a la calle para gritar de nuevo como en 1976: «Llibertat, Amnistia, Estatut d’Autonomia» (Libertad,Amnistía, Estatuto de Autonomía). Libertad sin el 155. Amnistía para Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, los presidentes de la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y de Òmnium Cultural, respectivamente. Y, un Estatuto que permita lograr todas las aspiraciones de los catalanes: sea la unidad de España, una España federal o la independencia.
Carles Puigdemont primero no respondió a Rajoy,: sólo tenía que responder que no proclamó la independencia. No quiso acudir al Senado para proponer algo diferente o para defender sus ideas. No convocó las elecciones. No quiso ser un «botifler», prefirió no preservar el autogobierno de Catalunya y no convocar elecciones. Su rendición ni su partido ni el resto del independentismo lo hubiera perdonado. El independentismo siempre ha mostrado más agilidad, más adaptación, más capacidad de improvisación que el gobierno ante las situaciones cambiantes. Pero, esta vez Rajoy ha sido más hábil: ha liquidado la autonomía catalana con el 155, pero ha convocado las elecciones el próximo 21 de diciembre, tal como dice la ley electoral, 54 días naturales después de que la convocatoria de comicios anticipados se publique en el Boletín Oficial de Cataluña. Rajoy gana dos batallas: la aplicación del 155 y el recorte en su duración. La decisión de Rajoy ha descolocado al independentismo, ha callado a una parte de su partido, ha satisfecho a muchos españoles y no ha querido dilatar más tiempo la aplicación del 155.
Todos los políticos, de todas las ideologías, han tenido que traicionar sus ideas: modificarlas o cambiarlas totalmente, para lograr acuerdos, para seguir avanzando. Si Puigdemont hubiera convocado elecciones, hubiera sido un «botifler», se hubiera quedado solo. Pero, quizás no se hubiera perdido tanto. El independentismo ha perdido, pierde Catalunya y pierde todo el estado, al abrir la puerta del 155 al sistema autonómico español.
Carles Puigdemont acabará supuestamente en la cárcel como mártir. Las elecciones del 21-D, no cambiarán nada. No habrá mayorías, ganarán de nuevo los independentistas o los unionistas. La participación será el termómetro para medir el hastío de los catalanes; la Catalunya silenciosa a lo mejor sale a votar; pero me temo que todo quedará igual. Todo sin solucionar, a partir del 21-D comienza un invierno duro para Catalunya y para España.
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