El deseo de libertad de las personas.

Se puede reprimir y limitar la libertad humana, pero nunca el deseo de libertad de las personas, porque no hay barreras a la libertad. Todos los seres humanos tenemos el ansia irrefrenable de ser libres, de que nadie nos ponga limites al movimiento, al pensamiento, a la libertad de expresión. Es lo que nos hace descubrir nuevas cosas, ir a lo desconocido o simplemente huir de lo que no nos satisface. Hasta la persona más vetada de libertad, hasta la persona más maltratada e incluso torturada tienen la libertad de pensar y de intentar luchar para ser libres.

Existen tres grandes tipos de fronteras: las naturales, las artificiales y las mentales. Las naturales son las que están compuestas de accidentes geográficos como las montañas, los ríos o el mar que son cada día menos infranqueables. Después están las políticas o identitarias que son las que limitan los estados-nación, que tienen una amalgama histórica, política e identitaria. Quedando las fronteras mentales de las personas, que no son estáticas pero que pueden ser aún más peligrosas, como la xenofobia y el racismo, la aporofobia, la homofobia y la transfobia, las formas de discriminación y de exclusión social. 

Las limitaciones del pensamiento son las que muchas veces crean esas fronteras políticas e identitarias, que son los estados-nación, construcciones artificiales que representan un espacio físico en el que viven grupos de personas con una identidad nacional y que son capaces de defender . Al mismo tiempo, representan un intento de crear comunidades a partir de grupos de personas, en parte con una identidad nacional, y de defender ese territorio por todos los medios del poder e incluso de la violencia, contra los que consideran extranjeros. La permeabilidad o no de las fronteras, solo depende de los intereses económicos. Se abren a la entrada del dinero y se preservan de los que supuestamente nos pueden arrebatar nuestra riqueza. No se les rechaza por su condición de extranjeros, sino por el rechazo a que son pobres.

Nadie tiene el deseo de abandonar su casa, su familia, su país por capricho, se busca una seguridad que no se tiene. Por razones de guerra, de persecución personal política, ideológica o sexual, debido a factores ambientales o simplemente por salir de la pobreza. Quizás no somos capaces de tener empatía con los que dejan todo, nos falta comprensión y darnos cuenta de que también nos puede pasar a nosotros o simplemente mirar, nosotros los españoles, unos años atrás. La emigración no se para ni con fronteras naturales ni artificiales, si existe un «efecto llamada», es que hay un «efecto huida» aún más fuerte.Toda la propagación de nacionalismos y de construir nuevas fronteras, no servirán nunca para reprimir y limitar el deseo de libertad.

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