Preferencia entre la salud y el dinero.
Siempre me he planteado una reflexión filosófica sobre la preferencia entre la salud y el dinero: el pobre enfermo siempre envidia al rico y el enfermo rico siempre envidia al pobre sano. Quizás es porque siempre envidiamos lo que no tenemos o dicho de otra forma, lo que tienen los demás. Incluso buscamos desventajas en las personas envidiadas, hallando justificaciones para encontrar un cierto conformismo: «lo importante es la salud». Lo que si es cierto, es que el dinero no garantiza la salud, pero sirve de ayuda para recuperarla, mantenerla o tener las circunstancias precisas para favorecerla. El dinero les permite a algunos, contratar un seguro de salud y por tanto acceso a la sanidad privada: evitando listas de espera, huyendo del colapso en que se encuentran sumidas las urgencias, realización de pruebas con prontitud, más comodidad y confort de los pacientes. En los últimos años los respectivos gobiernos del PP, han favorecido más la sanidad privada, para aquellos que se la pueden pagar directamente, que la sanidad pública que podemos acceder todos aquellos ciudadanos que residamos en España. Por lo tanto, dinero equivale a salud, tanto si se invierte en la sanidad pública como si se paga en la privada.
La sanidad pública iguala a todos los ciudadanos independientemente del nivel socioeconómico de cada uno, mientras que la sanidad privada se basa en el principio de rentabilidad, no de la solidaridad. Es triste que entre todos favorezcamos el auge de la sanidad privada y de su negocio. Porque las «mareas blancas«, nos ha ido avisando durante años de la pérdida de derechos, de la falta de inversión, de especular con la salud favoreciendo a la sanidad privada con recortes y privatizaciones en la sanidad pública. Donde el personal es insuficiente y mal pagado, donde se cerraron camas y plantas de hospitales, donde se derivaron pruebas medicas a centros privados, donde la Atención Primaria estaba colapsada. Y, la ciudadanía se quedó al margen de todas estas reivindicaciones, creyendo que teníamos la mejor sanidad pública del mundo: «craso error».
Ahora, en plena tercera ola de la pandemia, cuando hemos vuelto a los escenarios de marzo y abril, con el temor del desborde y la sobrecarga asistencial, con unas plantillas mermadas y cansadas, resulta desalentador que si quieres hacerte una prueba para el coronavirus, tengas que pagarlo de tu bolsillo o esperar tres días para que te la hagan en la sanidad pública. Favoreciendo así el negocio de los laboratorios privados, de nuevo el dinero tiene preferencia por delante de la salud: si quieres un resultado rápido, paga. Nos quieren convencer, de que pagando, es decir con dinero, todo se obtiene más rápidamente. Y, nosotros como corderos a punto del sacrificio, accedemos antes a pagar que a exigir nuestros derechos en la sanidad pública. Yo de momento esperaré al viernes a que me hagan mi prueba para saber si soy positivo, de momento solo me queda esperar y cumplir mi cuarentena. La preferencia siempre la marca el dinero: la diferencia es si se hace la inversión necesaria en la sanidad pública o tienes el dinero para poder pagar la sanidad privada. Cuando estás enfermo y tienes cubiertas tus necesidades económicas, solo te queda pensar en la salud. Cuando no tienes dinero tienes una doble preocupación: la salud y el dinero.
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