La neutralidad ante una guerra.
¿Hasta qué punto se debe intervenir en la defensa o en la promoción de una causa? La neutralidad no es nada fácil, en materia de seguridad, política exterior y menos ante una guerra. No tomar partido en un conflicto y renunciar a toda índole de injerencias, es como no ayudar en una necesidad de socorro. Toda toma de posición, con motivo de una controversia 0 conflicto, crea debates éticos y humanitarios, tensiones y diferentes formas de entender el problema, estableciendo los límites de la abstención y la participación. Todos tenemos claro, la toma de posición ante un suceso de violencia que suceda a nuestro alrededor: lo primero ayudar a la víctima y avisar a la policía. Es decir, no abstenerse de tomar parte, adoptando la mejor actitud posible para hacer frente al sufrimiento y tomando una acción de socorro que se corresponda lo mejor posible a las necesidades del momento. Tomar partido, supone a partir de una evidencia, correr el riesgo de equivocarse al decidir quién es la víctima y quién es el agresor, inspirando la animosidad en una de las partes.
El único responsable de la invasión a Ucrania es Vladimir Putin, que está utilizando la nostalgia de la URSS como arma nacionalista, para comenzar una guerra. Si Rusia es una autarquía, Ucrania es una democracia parlamentaria con un gobierno democráticamente elegido y con un Presidente, Volodymyr Zelinsky, que ganó las elecciones en 2019 con una amplia mayoría. Putin no cree en la democracia y la considera “débil” y “manipulable”, propensa a innumerables “trampas”. Zelinsky se ha convertido en la representación de la resistencia de Ucrania y de unos valores democráticos. No es una guerra entre Rusia y Ucrania, es una guerra de Putin contra todos los valores democráticos. Está claro, en este caso, quién es el agresor y la víctima.
Ucrania forma parte de ese área que denominamos Europa del Este, compuesta en casi su integridad por exrepúblicas de la URSS, con una Rusia que con la caída de la URSS, juega con la injerencia de los hackers para desestabilizar democracias y con su ejército para anexionar territorios. Ucrania representa para la UE y para Rusia, un país económicamente importante a nivel agrícola y energético, que nadie quiere perder por sus intereses, tanto económicos como geoestratégicos. Que Ucrania se acerque a Europa y Estados Unidos y su posible integración en la OTAN, debilita a Rusia como potencia y la deja completamente cercada militarmente. De momento la OTAN no responderá con un ataque militar contra Rusia, dado que Ucrania no forma parte de ella.
La neutralidad no existe en ningún conflicto armado, a la hora de prestar apoyo militar a las partes beligerantes. En nuestra Guerra Civil la falsa neutralidad de muchos países supuso que la República española, se encontró con todos los países que se negaron a suministrar armas en defensa del orden establecido y que acabó con el triunfo golpista de Franco y cuarenta años de dictadura. El anuncio de Pedro Sánchez de enviar armamento de forma directa a Ucrania para defender el país de la invasión de Rusia, me crea mi duda entre mi defensa del pacifismo y el «no a la guerra» de la guerra de Irak en 2003, con la defensa de Ucrania por su libertad, su democracia y su Estado de Derecho. No pretendo justificar la acción bélica y las consecuencias del conflicto. Pero, ¿nos limitamos a no hacer nada? ¿A que Rusia se apodere de Ucrania? Estamos en un momento de no retorno, no de neutralidad, donde todos perderemos. La debilidad de Europa es lo que hizo fuerte a la Alemania nazi, con la anexión de los Sudetes, un año más tarde, los alemanes invadieron Polonia y comenzó la segunda guerra mundial. Corremos el riesgo de una tercera guerra mundial, quizás nuclear, seguimos cometiendo los mismos errores.
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