La dignidad política no se compara.


Por desgracia, de los políticos esperamos poco. La política es el ejercicio del poder público que busca el bien común de la sociedad. Ser político es un acto de decisión propia, una vocación y un hecho voluntario para trabajar en ese bien común. Los políticos con su dignidad política, pueden dignificar o degradar la política. Y, eso significa ser coherente con unos valores, mirando a la política como un servicio y como una vocación o ser totalmente incoherente.

Todas las comparaciones en la vida son odiosas. En la dignidad política no hay comparaciones. Se tiene o no se tiene. En tiempos de mediocridad, de oportunismo, de banalidad, de incoherencia, de deslealtad, de mentiras, de frivolidad, de interés por lo accesorio y lo particular.

Estamos olvidando la honestidad, la lealtad, la sinceridad y la coherencia. Parece que los políticos discuten y proponen lo que a ellos les interesa y les conviene. Y, no lo que los ciudadanos necesitamos y reivindicamos.

Tenemos todos la percepción de que existe una clase política mediocre no solo en oratoria, también en gestión. En este debate recurrente, quizás tenemos lo que nos merecemos. Porque aunque en España votamos a partidos políticos y no a candidatos. Parece que los partidos políticos no se preocupan demasiado a la hora de escoger sus candidatos.

Tenemos unos políticos que nunca tienen la culpa de sus errores y que no representan a la sociedad. Además de esos políticos populistas que se conceden la representación del pueblo. El solucionar todos los problemas con soluciones fáciles y con instintos primarios como el odio, el rencor y la división.

Buscar dignidad política en esta clase política es difícil, por eso caemos en decir que todos son iguales. Pero, eso no es cierto, todos no son iguales. El relato hace justificar todos los errores y permite ir alcanzando nuevas metas de corrupción, de mala praxis y de nula gestión. Muchas veces los políticos se sirven de la democracia para pervertirla, no para desarrollarla y buscar el bien común.

Estas son parte de las razones por las cuales existen un parte de la sociedad descreída con la política y sobre todo con sus políticos. Y, como explicación de un gran abstencionismo e incluso la deriva a posiciones populistas de la extrema derecha.

Hoy Óscar Puente ha dimitido como ministro de Transportes por responsabilidad y dignidad política. Lo ha anunciado por sorpresa al término de su comparecencia en la Diputación Permanente del Congreso por el accidente de Urda (Toledo).

Tampoco será cabeza de lista del PSOE por Valladolid al Congreso en las elecciones del 29N. Hubiera podido dimitir después del accidente de Adamuz (Córdoba), también después de su comparecencia en el accidente de Urda (Toledo). Pero, lo ha hecho ahora. Después de dar explicaciones y adoptar las primeras medidas de seguridad en el sistema ferroviario.

Las dimisiones no son habituales en España, dimitir no significa tener una responsabilidad en los accidentes, es una medida necesaria como muestra de responsabilidad y dignidad política. Y, quizás también como necesidad política del PSOE de cara a las próximas elecciones.

El dirigente socialista ha tomado con su decisión de dimitir, el demostrar que todos los políticos no son iguales. Pero, siempre todas las comparativas son odiosas. Comparar los accidentes ferroviarios con la DANA o comparar la dimisión de Carlos Mazón con la de Óscar Puente, no son comparables. Mazón no ha tenido dignidad política y Puente la ha tenido.

Lo cual no nos debe hacer olvidar que dimitir, no es hacer tachón y cuenta nueva. La seguridad ferroviaria es una necesidad prioritaria para el nuevo gobierno. Sea del PP, coalición con Vox o del PSOE. Donde la dignidad tiene que actuar como referente de la política. Y, no que la política imponga sus directrices sobre la dignidad.

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